¿Por qué lloramos?

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Llorar, indudablemente, es derramar lágrimas, y lo podemos hacer todo el día a causa de un afecto muy vivo, como ocurre en la muerte de un ser querido o, paradójicamente, de gozo, especialmente si nos toca la lotería, o un hijo aprueba los angustiosos exámenes de selectividad.
Parece ser que la cantidad de lágrimas no tiene una relación directa con el dolor que sentimos, y a que sucesos aparentemente inocuos nos producen un baño de lágrimas, mientras que otros con dolor profundo apenas nos dejan esbozar un ligero lagrimeo imperceptible. En ese mismo sentido, los niños son de lágrima fácil, las mujeres también más que los hombres, los ancianos dicen que se comen sus lágrimas, mientras que las lágrimas de cocodrilo son una realidad y no una frase.
Por que lloramos

Lo más probable es que las lágrimas sean un mecanismo de expulsión para nuestros sentimientos, de la misma manera que lo son los gritos o el sudor, los cuales empleamos de manera inconsciente para liberarnos de algo que nos hace daño. Pero lo curioso del caso es que también podemos emplear el lloro para liberarnos de una tensión emocional o para expresar nuestra alegría, del mismo modo que podemos emplearlo para implorar ayuda, coaccionar a otra persona o, simplemente, para lubricar un ojo reseco o expulsar un cuerpo extraño. Todo ello nos deja bien claro que las lágrimas son un extraordinario mecanismo corporal que puede solucionar muchas cosas.

En muchas ocasiones lloramos demasiado poco en relación al dolor y en otras circunstancias tanta lágrima no está justificada y sin embargo parece que nos recreamos en la cantidad, hasta el punto de que alguien nos cede su pañuelo. Lloramos también de rabia, por pura hipocresía (así disimulamos), falsamente (Nerón fue un ejemplo de ello), sin una causa que lo justifique (lágrimas de cocodrilo, dicen), por cuestiones de imaginación (somos los protagonistas de una película ficticia), y en sueños (es el lloro más profundo de todos). 

lloramosTambién es frecuente que lloremos antes de que nos hagan daño (los niños lloran antes de que les pongan la inyección), durante el daño (lógico), después de ello (el recuerdo nos traiciona), por pura ternura (un recién nacido), y ya lo hemos dicho, de felicidad (cuando nos toca la lotería). Lloros psicológicos ocurren durante la marcha y el regreso de un ser querido (chocante, pero cierto), voluntariamente (para buscar consuelo), involuntariamente (podemos quedar en ridículo), y puramente fisiológicos, como cuando estamos cocinando (la cebolla, ¿recuerdan?). 

Todas estas situaciones y algunas docenas más, solamente se dan en el ser humano y esto que nos debería hacer felices nos importuna bastante. No siempre es agradable que los demás conozcan nuestras emociones, aquello que pertenece solamente a nosotros. Con las lágrimas nuestro mecanismo de defensa queda a merced del enemigo, del interlocutor, y ya no podemos disimular. Si nos aman aprovecharán para darnos un beso, pero si nos odian será la señal para atacarnos sin piedad.

Sin embargo, y al margen de todas las consideraciones anteriores, lo más increíble es que podemos llorar lo mismo de felicidad que de tristeza, dormidos que despiertos, cuando alguien muere y cuando otro nace.

¿Más lágrimas es igual a mayor sensibilidad?

Aparentemente sí. Qué duda cabe que hay personas duras, tercas y con tan poca humanidad que no derramarán una lágrima ni por la muerte de un familiar cercano, mucho menos por el dolor ajeno. Se diría que no tienen lágrimas y que no sienten el dolor, pero lo que se ha podido comprobar es que todo el mundo llora, interna o externamente, y la única diferencia está en la capacidad de sentir aflicción por las cosas que ocurren a nuestro alrededor, en la mayor o menor sensibilidad.

Si no existieran personas sensibles la humanidad quizá no existiría ya. La solidaridad para con los demás, la ayuda al débil, al recién nacido, la protección a los ancianos, al que tiene hambre o el cuidado a los enfermos, son actos que han mantenido al hombre en la Tierra y ello ha sido posible porque existen personas sensibles.

Pero aunque existe una mayor facilidad para las lágrimas en una buena persona que en otra dura de corazón, no todo lo que reluce es oro. Ni la persona que más llora es mejor, más humana, ni el que menos llora es porque no tiene sentimientos.

Sufre más el que expresa mudamente, sin palabra ni lágrima, su dolor, que aquél que sueltan el caudal acuoso al menor problema

Lo que si es importante para diferenciar el hipócrita del honrado, al menos en cuanto a lloros se refiere, es el motivo por el cual llore. Debemos desconfiar de quienes lo utilizan como soborno o manera de conseguir sus fines y mirar detenidamente los ojos de quienes pensamos están sufriendo pero no lloran. Un simple vistazo a unos ojos humedecidos son prueba suficiente del dolor y la sensibilidad. 

Por tanto, y de manera resumida, podemos admitir que quien más llora es al menos más débil y que cuando una persona poco dada a las lágrimas llora lo hace sinceramente, para mitigar su dolor interno. También podemos tener en cuenta la espontaneidad, aquél lloro explosivo, sin meditación y que brota a pesar de que la voluntad lo trata de reprimir. Esas personas que no deseaban llorar, al menos en público, esconden la cara, no les gusta el consuelo y hasta suelen pedir disculpas por sus lágrimas. Una v ez pasada la crisis se avergüenzan de haber demostrado su debilidad y prefieren unos minutos de soledad. Al menos a ellos les podemos considerar sinceros.

¿Por qué lloramos de felicidad?

Si admitimos que las lágrimas sean una válvula de escape para nuestras emociones, para expulsar aquello que hace daño, nos cuesta difícil entender que también puedan ser una manifestación de nuestra alegría. En numerosas ocasiones, después de estar sometidos a una tensión muy intensa (el ingreso en la UCI de un ser querido o el retorno al hogar de un hijo que se había extraviado), nos hemos visto envueltos en lágrimas de alegría por la resolución feliz del problema.

Este hecho es fácilmente explicable y a que anteriormente nuestro organismo estuvo sometido a un estrés intenso, acumulado, sin posibilidad alguna de liberarnos de él y a que la situación conflictiva no había desaparecido. Una vez resuelta, llorar nos liberaba de manera inmediata y mejor que cualquier razonamiento de nuestra sobrecarga. Sin embargo, no todo el mundo reacciona igual ante estos hechos y a que hay quien llora desde que tiene noticias del drama, otros buscan quienes les consuelen con cariño o palabras, mientras que la mayoría dan saltos de alegría cuando todo ha finalizado. ¿Por qué, entonces, hay quien deja brotar un chorro de lágrimas en momentos de alegría?. Pudiera ser que el secreto estriba en la capacidad de cada uno para acumular la situación de estrés sin tener necesidad de liberarla en esos momentos. Si una persona, cuando le comunican la mala noticia, empieza a gesticular, a lamentarse, llorar, a buscar ayuda moral de cuantas personas le rodean, es lógico que cuando la tensión ha desaparecido y a no necesite expulsar nada y pueda manifestar su alegría con risas o saltos. 

Pero aquellas personas que han tratado de encajar el problema en su interior y mantener la calma para poder comportarse de manera eficaz y no agudizar aún más el problema, deberán expulsar cuanto antes su tensión y para ello nada mejor que un lloro espontáneo.

Podemos llorar de felicidad por un problema que no sabemos si se resolvería satisfactoriamente, pero también lo podemos hacer cuando nos comunican una buena noticia, inesperada. En estos casos no había tensión previa, no había ningún problema que nos preocupara y ni siquiera esperábamos tan buena nueva. La felicidad nos llega así, de improviso, pero tan alta y repentina que nos cuesta encajarla.

porque lloramosEn ese momento nuestro cuerpo está nuevamente sometido a una situación de estrés intensa y si no lo solucionamos podemos enfermar de la misma manera que cuando la situación es desagradable. Las noticias de personas que han fallecido cuando les han comunicado un premio en la lotería, el retorno de un familiar lejano o cuando están haciendo el amor, no son nuevas y podríamos decir que las sepulturas también están llenas de personas que han muerto en un ataque de felicidad. Los ancianos son especialmente sensibles a ello y sino somos prudentes podemos provocar su muerte el día de su fiesta de cumpleaños o cuando les llevamos de vacaciones. 

Su capacidad de soportar el estrés de la felicidad es muy pequeña y debemos darles las buenas noticias poco a poco. La solución ante esta situación y a la hemos apuntado: cuando la felicidad desborde nuestra capacidad de asimilación lo mejor es ponernos a llorar de alegría. Seguiremos siendo felices pero sin dolor físico.

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